Mundo Perigeo

Eduardo Fanegas de la Fuente

19 de agosto de 2020

La Historia De Sandra: Tres

 

No llevaba más que dos días de estancia y tenía la sensación de haberse metido de lleno en una burbuja que la aislaba de todo en el espacio y el tiempo. Por supuesto que no había perdido el contacto con su hermano, le había llamado en cuanto el avión tomó tierra, cuando llegó al hotel y lo había hecho de nuevo aquellos dos después de cenar y dar un paseo por el resort. No podía evitarlo. Simón siempre estaría presente en su vida y en sus pensamientos. Pero el resto del tiempo, allí en el corazón del Caribe Mexicano y en primera línea de playa le había sido muy fácil dejarse llevar por aquella vida de esparcimiento y atenciones.


Sandra jamás pensó que su mente podría desconectar de aquella manera. El hotel en el que se hospedaba era un resort solo para adultos y aunque en un principio creyó que iba a sentirse incómoda en un lugar como aquel no fue así. Que escogiese un resort de aquellas características no fue porque no le gustasen los niños, sino porque era lo más próximo al silencio que podía encontrar en aquella latitudes. Aunque por otra parte temía que fuera un lugar solo para parejas o grupos de jóvenes en busca de fiesta, aventuras y ligues. Pero lo que había encontrado era exactamente lo que necesitaba: pasar desapercibida y que nadie se fijase en ella.

Su habitación tenía una terraza con vistas al jardín y al mar. La primera noche, sentada allí hasta bien entrada la madrugada por culpa de la descompensación horaria, pudo ver lo que le pareció una cervatilla en el césped de los jardines husmeando entre los arbustos cerca de donde ella estaba. El animal debía estar acostumbrado a los turistas ya que no se inmutó con los ruidos que provenían de algunos de los chalets cercanos. Recordaba haber visto un cartel en unos de los senderos del resort indicando la clase de animales que podía encontrarse, ya que el hotel estaban construido como quien dice en medio de la selva, y en él, entre otras cosas, advertían de que no debían darles de comer. Algunos de los que aparecían en las fotos, como el coatí y el cereque, ni siquiera los conocía, pero no creyó que fuera posible ver ninguno de esos animales realmente. Y menos aún a los asustadizos venados.

 

La segunda noche, tras un día de baño en las cristalinas aguas del Caribe y de lectura en las cómodas hamacas de la playa, con un margarita en la mano que una amable camarero se encargaba de rellenar cada vez que lo veía medio vacío, cayó redonda en la cama. No vio si algún cervatillo se acercaba de nuevo al jardín pero en la playa sí que vio paseándose tranquilamente a muchos coatíes con sus graciosas y juguetonas crías. Antes de acostarse Sandra se dio cuenta de que estaba más pendiente de los animales que de las personas que le rodeaban. Sabía que centrarse en ellos era una forma inconsciente de aislarse de todo, como si temiera que alguien real y humano pudiera acercarse a ella para volver a desestabilizar su mundo. En los restaurantes y en la playa había buscado los rincones donde pasar desapercibida. Y había huido de las actividades y de los animadores del resort. Sabía que ya no tenía que tener miedo y que no podía pasarse así todas las vacaciones, que todo había pasado y que la vida continuaba de forma normal.

            Así, al día siguiente, decidió ir dándose un poco de permiso y pensó que la mejor manera era mimarse un poco y relajar cuerpo y mente. ¿Qué mejor que un masaje en una de las palapas junto al mar con el murmullo de las olas de fondo?

Nunca había hecho algo así a la vista de todo el mundo y se sentía un poco extraña y nerviosa. Pero realmente nadie estaba pendiente de la gente que estaba en las palapas a pesar de la cercanía de las hamacas, la playa y la piscina del resort. Le atendió una chica menuda de piel cobriza y con un marcado acento mexicano. Era muy agradable y sonriente. Se llamaba Carola. La llevó hasta una de las palapas en la que con las cortinas echadas le ayudó a prepararse y tumbarse cómodamente boca abajo en una de las camillas. Una vez lista volvió a retirar las cortinas para que pudiera disfrutar de la brisa marina y del sonido de las olas.



Era raro estar allí medio desnuda frente al mar, pero en cuanto Carola le puso un aceite de esencias en la espalda se relajó completamente. Habían dejado de hablar. Solo sentía la brisa y los dedos de la chica deslizándose arriba y abajo relajando cada uno de sus músculos. Aquello era lo más parecido a estar flotando en el aire.

La chica en algún momento dijo algo, pero Sandra ya casi ni escuchaba. Ronroneó suavemente a modo de contestación. Sintió cómo le ponía una piedras calientes a lo largo de la columna, desde el cuello hasta la zona lumbar, justo entre los hoyuelos de Venus. No sabría decir cuánto tiempo estuvo así, se encontraba en ese punto que casi estás dormido pero aún eres consciente de lo que ocurre alrededor.

Se sobresaltó un poco cuando llegó otro masajista que se presentó como Manuel o Samuel. Algo así. Dijo algo sobre un masaje balinés. Sandra no cambió de postura para verle, abrió un poco los ojos pero al instante los volvió a cerrar. «Me parece perfecto» susurró.

En respuesta el masajista retiró las piedras de una forma delicada muy ritual y comenzó con un trabajo más intenso que el que le había realizado Carola. Sus manos eran grandes y fuertes y aunque la presión que realizaba era mayor se sentía igual de bien. Notaba cómo la envolvía completamente, cómo aquellos expertos dedos relajaban cada músculo con fricciones precisas. No pudo evitar soltar algún que otro gruñido y ronroneo de satisfacción, pero sabía que aquel hombre era un profesional y estaría más que acostumbrado a escuchar aquel tipo de cumplidos y no se lo tomaría de otra forma más allá que la de estar realizando un buen trabajo.

Sandra se sentía en la gloria. Consiguió abrir un cajón en su mente y guardó allí todo lo malo ocurrido en los últimos meses. Resiliencia era su nueva palabra para usar como mantra. Se centró en lo positivo. No quería que nada lo estropease. Sus pensamientos navegaban sobre las olas arrullados por su sonido. La brisa, aquellas suaves manos recorriéndola…


 —Señorita, despierte… 

La voz sonó lejana en la mente de Sandra y ella no quería salir de aquel sueño tan ¿erótico? 

—Señorita, sé que está muy a gusto disfrutando de este momento pero tengo más clientes a los que atender… —en aquella voz había un tono jocoso que le resultó familiar. 

Sandra abrió los ojos y frente a ella a pocos centímetros de su rostro tenía a aquel tipo. ¡El maldito tipo del avión!

 Se incorporó de golpe sin darse cuenta de dónde estaba ni de su situación. Él dio un paso atrás, ya que faltó poco que le diera un cabezazo, y allí de pie observó que su mirada pasaba de sus ojos a sus pechos. De repente se percató de que solo llevaba puesta la parte de abajo del bikini y se tapó con los brazos y las manos como pudo. Él estalló en carcajadas. 

—No estaba seguro si eras tú —dijo entre risas—. Pero en cuanto te he oído roncar no me ha quedado duda alguna.

—Voy a denunciarte por acoso. Y haré que te despidan —le amenazó enfurecida—. ¡Y yo no ronco!

2 comentarios:

  1. Ese encuentro augura ser uno más de otros futuros... En todo caso, Sandra no puede negar lo bien que la hicieron sentir esas manos.

    Un abrazo

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    Respuestas
    1. Sandra es capaz de negarlo una y otra vez sabiendo que ha sido "él" quien la ha tocado. Pero claro nunca se sabe en este tipo de historias...jajaja

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