Mundo Perigeo

Eduardo Fanegas de la Fuente

3 de mayo de 2020

La historia de Sandra: Uno

3 de enero de 2016

Aunque había intentado mantener las apariencias Sandra había cambiado. Ya no era la misma. Caminaba por los pasillos de la terminal 2 del aeropuerto con el aplomo y la seguridad de siempre, pero sus pensamientos estaban sumidos en una verdadera tormenta de dudas e inquietudes. Quizá había conseguido mantener el tipo esos últimos meses, pero que anunciara en la fiesta de nochevieja a todos sus amigos que se iba de viaje sola les había dejado descolocados. No obstante sorprendió más a Anita que a su propio hermano. Cuando su amiga le preguntó el porqué de aquella repentina decisión, le mintió. Fue la primera vez que lo hacía.

Mentir había mentido muchas veces, especialmente cuando era adolescente, pero a su amiga jamás, a ella se lo contaba todo. Aunque, ¿cómo iba a explicarle todo lo que había ocurrido desde que su hermano despertó del coma? ¿cómo iba a decirle que Simón había salvado el mundo de un Apocalipsis y que ella misma había compartido su cuerpo con un ente como la propia Vida para expulsar a un demonio de nuestro plano?

 Si a ella misma le sonaba a locura se podía imaginar lo que pensaría Anita, y se reiría de aquella historia en su cara. Cuando estaban juntas podían llegar a decir muchas tonterías. Seguían siendo aquellas niñas con ganas de divertirse y reírse a todas horas. Pero ella ya no podía reírse de la misma manera. Se había visto sobrepasada por lo ocurrido y ahora que ya pasó todo la realidad se le echó encima. Se sentía perdida y sola.

De todas maneras la jugada le había salido bien. Supo fingir que no pasaba nada y que era algo que deseaba hacer de verdad. Y a pesar de la inquisitiva mirada que le había echado Anita aún con las uvas en la mano, las que no se había podido comer por el ataque de risa que le había dado durante las campanadas, consiguió convencerles de que su escapada tenía todo el sentido del mundo. La nueva parejita necesitaba estar a solas y ella también lo necesitaba. Eso último sí que era cierto. Lo que no tenía claro era durante cuánto tiempo, ni dónde, ni para qué.

Caminaba con la mirada puesta en su puerta de embarque cuando de repente tropezó con algo y cayó cuan larga era en el suelo. La maleta salió despedida y su bolso se desparramó. El café que llevaba en uno de esos frágiles vasos de cartón se aplastó en su mano y le salpicó la cara. Y no solo le manchó la chaqueta, sino también la blusa blanca que llevaba debajo. No sabía por qué pero aquella mañana se había vestido como si fuese a trabajar. Sandra se quedó parpadeando perpleja y sintiéndose algo ridícula chorreando café por la cara y con la mirada de todos sobre ella.

—¿Se encuentra bien? —Una señora de mediana edad y su marido se habían levantado de los asientos que estaban enfrente de ella para auxiliarla.

—Sí, sí…gracias —dijo Sandra mientras se pasaba una mano por la cara para limpiársela. Se incorporó un poco con ayuda del marido de la señora para quedarse de rodillas. No pudo evitar mirar hacia atrás para ver con qué había tropezado. Se encontró que unos pasos más atrás había un tipo despanzurrado en uno de los asientos, con los pies sobre una gran bolsa de viaje ocupando medio pasillo. Tenía las manos metidas en los bolsillos de la sudadera, su greñuda cabeza echada hacia atrás con los ojos cerrados y llevaba unos enormes cascos con lo que seguramente estaba escuchando música a todo trapo. Ni se había inmutado. Sandra pensó que no se podía ser más imbécil y que seguramente estuviera medio drogado. Se volvió a girar y vio que la señora se había puesto a recoger el contenido del bolso que se habían esparcido por todo el suelo mientras que el hombre se dirigía de nuevo a su asiento.

—No hace falta, no se preocupe. Ya lo recojo yo.

—No pasa nada niña, es un momento.

La joven miró a la mujer y vio que era aquel tipo de persona que no iba a cejar en su empeño de ayudarla, así que no insistió y le dio las gracias. 



Sandra fue de las últimas personas en embarcar en el avión. Gracias a Anita, que era azafata de la compañía con la que viajaba, había conseguido embarque preferente pero antes tuvo ir al baño de la terminal para cambiarse de ropa y arreglar un poco aquel estropicio. Las manchas de café no saldrían nunca de la blusa.

Una de las azafatas le dio la bienvenida y le indicó dónde estaba su asiento. Se alegraba de que no fuera una de las compañeras que su amiga solía traerse cuando salían de fiesta. No se veía con ganas de dar explicaciones sobre su improvisado viaje. Hacerlo en business habría sido mucho pedir, pero Anita le había conseguido uno de los mejores asientos en turista. No obstante cuando llegó hasta él había alguien sentado en su plaza.

—No me lo puedo creer.

Allí con la cabeza pegada a la ventanilla estaba el incivilizado tipo que le había hecho caer.

—Perdona, pero estás en mi asiento.

Él ni se inmutó. Seguía con los auriculares puestos. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y parecía que se había vuelto a quedar dormido. ¡Pero cómo podía ser, si acababan de embarcar!

—Perdona —repitió Sandra enfadada, y se inclinó para darle con el dedo índice repetidas veces en el hombro.
El tipo pegó un respingo y abrió los ojos somnoliento. Miró a un lado y a otro desorientado hasta que fijó la vista en la mujer que le había despertado. Se quitó los auriculares.

—¿Eh? ¿Ya hemos llegado?

—No. Aún no hemos despegado. Estás en mi asiento.

Él se frotó los ojos, miró los dos asientos vacíos que había a su lado y enarcó las cejas para volver a mirar a Sandra.

—Como has tardado tanto pensé que todos los asientos estaban vacíos. Así que escogí la ventanilla. Puedes sentarte aquí si quieres —señaló los asientos vacíos a su lado.

Sandra tuvo que apretar los dientes un instante y respirar para no mandar a paseo a aquel maleducado.
—No he tardado. He embarcado a tiempo, aunque si no hubiese tropezado con... Por favor ¿Te levantas y me dejas mi asiento? —No tenía que darle ninguna explicación. Así que marcó suficientemente el “mi” para que quedase claro dónde se iba a sentar.

El tipo casi sin inmutarse miró su reloj de muñeca.
—Pues creo que ya vamos a despegar con retraso.

Sandra resopló. No entendía cómo podía haber gente como aquella. Al ver su expresión pareció claudicar y finalmente se levantó. Tuvo que agacharse para no darse en la cabeza e incluso se vio obligado a doblar bastante la espalda. Era muy alto. Mientras salía al pasillo Sandra se fijó más en su atuendo. Llevaba unos vaqueros bastante raídos y una sudadera gris con unas letras y un logotipo estampados. Cuando llegó a su lado para cederle su asiento Sandra dio un paso hacia atrás, pero él se volvió a acercar invadiendo su espacio. El olor que desprendía le sorprendió, pero para bien. Era una esencia vigorosa oriental, floral y especiada. Ella esperaba que un tipo como ese oliese a sudor y a porro. Miró hacia arriba y se encontró un rostro anguloso con barba de varios días. Unos ojos azules la miraban con intensidad.

—La señorita ya puede ocupar “su” asiento —dijo pasándose la mano por el enmarañado y largo pelo.

Gilipollas —pensó Sandra. Se apartó de él para subir su equipaje de mano al portamaletas y le apartó para ocupar su lugar junto a la ventanilla.
Tuvo la sensación de que el viaje se le iba a hacer muy largo.

Continuará...

2 comentarios:

  1. Ya?????
    Cómo somos los lectores, siempre queriendo exprimir al autor..
    Esperaré

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    Respuestas
    1. ¡Ay Zahara! Cuando comencé con mis relatos encadenados hace más de diez años las entradas eran mucho más cortas que esta. Es lo que tiene escribir en un blog, uno no se puede enrollar mucho que si no la gente se aburre. Pero me alegro que te haya sabido a poco, eso es que no voy mal encaminado con esta historia.

      La diferencia es que antaño podía escribir más a menudo y no se perdía el ritmo. Sé que aquí me va a costar pero bueno intentaré que no se pierda el hilo en el tiempo.

      Gracias por leerme :-)

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