Mundo Perigeo

Eduardo Fanegas de la Fuente

8 de mayo de 2020

La historia de Sandra: Dos

Sandra se alegró de que aquel tipo volviera a lo que parecía ser lo que mejor se le daba. Dormir. Se pudo otra vez los cascos, cruzó los brazos sobre el pecho, un pecho que a Sandra le pareció bastante ancho bajo la sudadera, y se entregó a los brazos de Morfeo de nuevo. Pero estaba segura de que ella no sería capaz de dormir durante todo el trayecto. Un vuelo de diez horas…

Agradeció que por lo menos dejase el asiento de en medio vacío. No tenía ganas de tenerlo cerca, ni tener que pelearse por el reposabrazos con él. Suspiró resignada y miró por la ventanilla. No podía dejar de darle vueltas a la cabeza. Nunca había hecho un viaje así sola. Siempre había ido con sus amigas o con alguna de sus efímeras parejas. Jamás había conseguido mantener una relación duradera. Y realmente no era porque no hubiese viajado nunca sola. Desde que sus padres fallecieron no había hecho ningún viaje en el que se tuviese que ausentar más de cuatro o cinco días.

No podía evitar esa necesidad de estar junto su hermano, aunque él no estuviese realmente allí… Sabía que en la Fundación le cuidaban como era debido. Pero no era lo mismo. Ella le hablaba, le leía, le acariciaba, le ponía música…

Ahora aquello le parecía como muy lejano. Todo había sido muy extraño desde que Simón despertó meses atrás. Ahora sorprendentemente estaba bien. Se había recuperado casi por completo. E incluso había iniciado una relación con su amiga Anita. Nadie la necesitaba ya. Era libre para hacer lo que quisiera. Y por eso estaba allí. Aunque en el fondo no tenía ni idea ni de por qué ni de lo que iba a hacer con su vida.



Su destino casi lo había escogido al azar. Bueno, su elección se había visto influenciada por la búsqueda de sol. Odiaba el invierno en Madrid. Y los billetes a México no eran tan caros comparados con los de las Islas Canarias. Así que, ¡qué diablos! Se merecía unas vacaciones así. ¿ Y qué mejor lugar que la Riviera Maya? Lo había decidido en el último momento.

Con esto volvió a sorprender a su amiga Anita. Y la verdad que ésta casi no se pudo creer que se atreviese a hacer un viaje de tal calibre. Y sola. Pero por otra parte se alegró de ese nuevo espíritu aventurero que mostraba. Aparte, por supuesto, de que eso la dejaba una completa libertad de movimientos con su hermano Simón.

No pudo evitar sonreír mientras miraba cómo el suelo se alejaba cada vez más hasta perderlo de vista entre las nubes. Miró de nuevo a su indeseado acompañante. La sonrisa se le borró al instante. Suspiró irritada y buscó en su bolso sus pequeños auriculares. Adventure of a lifetime de Coldplay  comenzó a sonar. Le encantaba aquella canción. Parecía que la habían escrito pensando en todo lo que le había ocurrido a ella, y por eso la había puesto la primera de su lista de música.


No sabía cuánto tiempo había pasado, ni recordaba haber cerrado los ojos. Pero algo, algún movimiento, alguna sacudida del avión la había despertado. Se quitó los auriculares y miró a su alrededor. Se sobresaltó al encontrarse al tipo aquel apoyado en el reposabrazos con ambos codos girado hacia ella y mirándola fijamente.

—Te has dormido.

—Sí, y qué. —Sandra se removió en el asiento e intentó ignorarle mientras guardaba el teléfono y los cascos en el bolso.

—Roncas como un caminero.

—Yo no ronco —le contestó ofendida mirándole con los ojos abiertos como platos. ¡Cómo se atrevía!

—Pues se han quejado casi todos los pasajeros. Hasta los de primera clase —dijo él con cierto tono de indiferencia volviéndose hacia adelante.

—Yo no ronco. Habrás sido tú que por lo que he visto no sabes hacer otra cosa que dormir.

—¿Me has estado observando? —enarcó una ceja mirándola otra vez con aquellos malditos ojos azules.
—Mira. Déjame en paz. Además eres tú el que me estaba mirando cuando me he despertado.

—Porque roncas.

—Que no ronco.

—Sí lo haces.

—Vete a la mierda —dijo apretando el botón para avisar a la azafata.

—¿Te vas a chivar? —se rió con todas las ganas.

Sandra estaba que echaba chispas. Le atravesó con la mirada y decidió no volver a contestar. Sabía que la estaba provocando adrede. Era un maldito imbécil maleducado e infantil.

—Venga no pasa nada. Muchas gente ronca por motivos distintos: vegetaciones, sobrepeso, alcohol, tabique nasal desviado… —enumeró levantando la voz y un dedo por cada motivo.

—Yo-no-ron-co —soltó Sandra en voz baja apretando los dientes. En ese momento apareció la azafata.
—¿Necesita algo señorita? —preguntó con una gran sonrisa en los labios.

Sandra respiró profundamente para calmarse.

—Me preguntaba si habría algún otro sitio libre… —dudó un instante— junto a la ventanilla, para que pueda sentarse el señor. Da la casualidad de que los dos sufrimos un poco de claustrofobia y mirar por la ventanilla nos alivia. Si no gustosamente se lo habría cambiado ya yo misma —dijo Sandra con su tono de voz más amable.

—¿En serio te quieres librar de mi así? ¿conservando tu preciado asiento junto a la ventanilla? —se volvió a reír él.

La azafata guardó silencio mirando expectante a la extraña pareja.

—¿En serio me vas a estar fastidiando todo el viaje? Primero me haces tropezar y me estropeas una de mis blusas preferidas. Luego te sientas en mi sitio y ahora me dices que ronco.

—Es que roncas. Pero no sé qué me hablas de tu blusa.

—¡Yo no ronco!

—Puf… lo que tú digas —resopló apartando el flequillo que se había deslizado hasta casi taparle los ojos mientras levantaba las manos mostrando las palmas en son de paz. Tenía unas manos grandes y fuertes.

Sandra gruñó exasperada. Se incorporó un poco en el asiento y se dirigió de nuevo a la azafata.

—Por favor, búsqueme otro asiento. No importa que no sea ventanilla.

—No se preocupes señorita, miraré a ver —intervino la azafata dándose cuenta de lo tenso que estaba el ambiente. Levantó la cabeza y oteó el interior de la cabina buscando algún asiento libre.

—Da igual. Ya me cambio yo de sitio. No te molestes. —El tono de voz de él cambió por completo—. Siento haberte molestado. De verdad.

Sandra se quedó con la boca abierta. No esperaba que se disculpase y menos aún que sintiera nada.
Él se levantó del asiento y se puso de pie junto a la azafata dedicándole una mirada y una bonita sonrisa. Ella apartó los ojos nerviosa y volvió a mirar al pasaje.

—Vaya, no hay ningún asiento libre —le miró.

—Oh, es una tragedia… —susurró clavando los ojos en la chica.

Sandra no se podía creer lo que estaba viendo. Aquel tipo era capaz de cualquier cosa. Era un falso, un manipulador mentiroso.

—Aunque si me acompaña, puede que haya un asiento libre en Business —dijo la azafata. El coqueteo era más que evidente.

La chica se giró y comenzó a caminar por el pasillo con las mejillas arreboladas. Él, antes de seguirla, se detuvo un instante para dedicarle una sonrisa socarrona a Sandra y le dijo adiós agitando la mano como si fuese una princesa.
Sandra volvió a sentarse y le ignoró. Vale. No sería ella la mejorase sus condiciones para el resto del viaje, pero por lo menos se había librado de él para siempre. Eso debía alegrarla. Pero no sabía por qué estaba cabreada. Y mucho.
Estaba segura de que ella no roncaba. Casi segura.


Continuará...

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