Mundo Perigeo

Eduardo Fanegas de la Fuente

26 de junio de 2015

El día que Blackie murió
 Este es un extracto de su testamento vital (Realmente es de su diario, ese mismo que no quería que nadie leyera):

 El día que yo muera nadie me llorará ni se acordará de mi. No es un deseo. Será un hecho. Porque si nadie lo ha hecho en vida sería una ironía que lo hagan cuando muera. Y si a alguien le da por acordarse de mi cuando esté muerto volveré del otro lado solamente para meterle dos ostias.

Y es que me hace mucha gracia cuando un personaje conocido, como un actor, cantante o escritor perdido entre las brumas del tiempo y el olvido se muere. Al día siguiente todos se acuerdan de él, eran superamigos y recuerdan todos los grandes momentos que vivieron juntos. ¡Oh! ¡Todos te echaremos de menos. Qué haremos sin ti! Putos falsos. Ninguno se ha preocupado cuando estaba viviendo en la miseria y en la más absoluta pobreza. Ni cuando estaba enfermo. Y sin llegar a esos extremos. Nadie se interesó por él en vida simplemente para ver qué había sido de él porque ya no les era útil.

 Pero si te mueres, eres genial y es el mejor momento para hacerte un homenaje, dar a conocer tu obra y que pongan tu nombre a una plaza o calle. Los homenajes póstumos me parecen de mal gusto.

 Menos mal que yo en vida no he sido nadie. Los que se han interesado por mi hasta ahora ha sido para sacar provecho o utilizarme. No creo que se les ocurra recordarme el día que me muera. Porque ni siquiera sabrán que he muerto. 

 Siempre me he caracterizado por llevar la contraria. Quiero que los homenajes se hagan en vida, que los amigos (bueno, menudos amigos...) se acuerden de mi no solo para pedirme cosas si no para vernos y pasar un buen rato juntos. Que hablen de mi ahora. Que las celebraciones de la vida se hagan en vida.

 De todas formas veremos a ver qué pasa cuando descubran que soy un superhéroe de mierda. Literalmente. Pero ese es otro tema.

Este es Blackie Lawless nada que ver con el Blackie de esta historia
Blackie murió siendo aún joven. Le lloraron sus padres, la vecina del segundo y sus amigos. Bueno, sus amigos no lloraron, pero se acordaron de él. Todos finalmente le hicieron un homenaje póstumo. No descubrieron que fue un superhéroe.

Aun así él volvió de entre los muertos para cumplir su palabra y meterles dos ostias. Algún poder chulo tenía que tener a pesar de todo.

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