Mundo Perigeo

Eduardo Fanegas de la Fuente

3 de noviembre de 2014

Peluso II
Sinceramente he estado dudando si continuar con la publicación de esta historia. Resulta que podría considerarse la continuación (en la linea temporal, no en la historia) de los sucesos de la novela El caballero de la canoa y el cuento La vaca boba que están aún por publicar. Esta es una de esos relatos que comienzo a escribir en el blog y que no sé dónde me llevaran. Así que bueno, dejemos a Peluso hacer lo que tenga que hacer y veremos qué ocurre...

El ratoncillo estaba acurrucado en su madriguera temblando de miedo. Le asustaba el ruido de las explosiones y los temblores que se propagaban a través del suelo hacían que se desprendiera arena y piedrecillas que caían sobre él. Jamás había sentido unas vibraciones en la tierra tan fuertes. Ni si quiera cuando se abría aquel enorme portón en el suelo a allá junto a las rocas y ocultaban la entrada de la madriguera de los humanos. Pero el miedo no era tan fuerte como el instinto de salir a ver qué era lo que ocurría allí fuera. Los ratones son curiosos por naturaleza. Además, sabía que podría quedarse atrapado y tampoco era buena idea morir de aquella forma.

Con precaución recorrió el tramo de túnel que daba al agujero exterior de su madriguera. Primero asomó el morro, olisqueó un poco y tanteó con sus bigotes. Finalmente salió y observó el espectáculo que se desarrollaba a unos pocos centenares de metros.

Era de noche y la compuerta secreta de los humanos estaba destruida. A través de ella salía un humo denso y se veía en su interior un resplandor entre amarillo y rojizo. Hombres armados y de uniforme iban de aquí para allá disparando a otros hombres y animales que intentaban escapar en todas direcciones. Algunos de esos animales eran extraños y el ratoncillo jamás había visto nada semejante. Ni siquiera cuando oyó hablar a una vaca y a un mosquito en el prado donde vivía su prima Raquel la ratoncita…

De repente una mano salida de la nada lo atrapó. Estaba seguro de que no había nadie alrededor en el
momento que salió al exterior y aquel hombre estaba justo encima de él. ¿Cómo no lo vio al salir?

—Vaya amiguito. No podías haber buscado peor sitio para vivir. Creo que todo esto acabará arrasado en unos minutos y te quedarás sin hogar —dijo mientras lo acomodaba en su mano para que no escapara y le acariciaba la cabeza con el pulgar de forma tranquilizadora. Guardó silencio unos instantes mientras ambos veían como los últimos afortunados conseguían escapar de la base militar oculta—. Será mejor que nos vayamos de aquí, tenemos mucho que hacer. No han logrado contenerlos... —dijo con tono lúgubre mientras echaba a caminar por el desierto. Al rato se detuvo para observar la luna con mirada melancólica, pero su tono de voz volvía a ser jovial—. ¿Sabes? De donde yo vengo serías un aperitivo muy suculento para mí. Pero aquí creo que serás mi mascota. A alguien le tendré que contar mis secretos y que sea capaz de guardármelos ¿no crees?


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