Mundo Perigeo

Eduardo Fanegas de la Fuente

6 de enero de 2012

Tan real como la vida misma (V.O.)
Su nombre era Esther. 

La conocí a través de unos amigos comunes del instituto. Supe desde el primer momento que estaba fuera de mi alcance, que ella jugaba en primera división y que yo no tenía nada que ofrecer dentro de su mundo. Era guapa a rabiar, una morena de pelo largo y liso y ojos oscuros en contraste con una piel blanca y suave. Sus rasgos eran redondeados, como su sonrisa y cada curva de su cuerpo. Todos la miraban con admiración y deseo. Y yo la subí a un pedestal mucho mayor del que ella era ya poseedora. 

Aquella noche en el bar no me atreví dirigirle la palabra, simplemente la miraba y compartíamos conversación con los amigos que teníamos en común. Ella se fue pronto. Tenía el glamour y la presencia suficiente como para quedar bien para irse a la hora que le diera la gana. Los demás tendríamos que luchar por ver quién llegaba más tarde a casa, eso significaría que el que más tarde llegara era el que mejor se lo había pasado. Y si había amanecido mejor. Tonterías de juventud. 

No la volví a ver hasta meses después en otro bar. Se había cortado su melena y llevaba el pelo corto como un chico. Estaba más guapa aún si cabía. Se dice que sólo las chicas guapas pueden llevar el pelo corto. Yo iba con un amigo que tenía el desparpajo y la labia que me faltaba a mí. En aquel entonces era muy diferente a lo que soy ahora. Mucho. Ni yo mismo me reconozco. Nos acercamos y sorprendentemente ella se acordaba de mí, aunque recordar mi nombre ya hubiese sido tocar el cielo. Pero que me recordara ya era suficiente, yo era del montón y quizá ni siquiera eso, era callado, observador, gafotas, con acné y ortodoncia y con menos estilo que cualquiera de aquel local. Pero hablé y pareció que no la aburrí mucho, el alcohol me echó una mano. Ella se volvió a ir pronto sin perder glamour y no debí haber metido la pata tanto como para que no quisiera volver a verme. Los encuentros se repitieron un fin de semana sí y otro también. Aunque claro, al principio no quedábamos, simplemente yo sabía dónde encontrarla. Estaba perdido, estaba enamorado. Ella solamente se sentía halagada. 


Empecé a faltar a clase por estar con Esther, daba igual donde fuera ni los kilómetros que nos separaran. Hasta que conseguí tener una cita de verdad con ella para ir al cine. Bueno fue una cita para mí, para ella sólo era hacer tiempo entre dos clases nocturnas. Ella era de las chicas que de repente faltaban a clase, compraban un periódico para ver la cartelera en un quiosco y dos pasos después tirarlo a la papelera. Nada le importaba. Aquel día vimos Carretera Perdida. Peor elección no podía haber hecho si esperaba un momento romántico. Pero descubrí que esas películas no podía verlas con sus amigos o amigas, parecería que era rara y eso a mi lado no lo era sabía que era la persona adecuada para eso. Y aunque parecía pasarlo bien conmigo y ver mis sentimientos hacia Esther también sabía que éramos de niveles distintos y no iba a pasar nada, yo no parecía tener el valor suficiente para intentar llegar a nada más y menos decirle cualquier cosa al respecto. Estaba bien tener compañía y no estar sola mientras esperaba lo que tuviera que llegar. 

Por aquel entonces yo aún no lo sabía pero ya estaba en el saco de los amigos de conveniencia. 

Fue cuando llegó la fatídica noche. O mejor dicho la noche de mi salvación. Estábamos en otro bar de copas con varios amigos y Esther dijo que se iba pronto. Y yo cansado ya de permanecer en ese punto quise dar otro paso. 

—Te acompaño hasta el coche, no quiero que vayas sola por ahí a estas horas. 

—No hace falta, me las arreglo muy bien yo solita —pareció más ofendida que halagada porque quisiera estar con ella. Era una chica independiente, decidida y con las cosas muy claras. Aun así yo insistí. 

Camino del coche fui tanteando el terreno más valiente que nunca. Ella parecía sorprendida y parecía que le gustaba mi osadía. Entramos los dos a su coche, ella al volante y yo como copiloto. No iba a arrancar el motor. Era mi momento. Pero en ese instante un coche se detuvo a nuestro lado. Pensé que iba a preguntar si íbamos a salir o algo. Bajé la ventanilla y el conductor que estaba a mi altura hizo lo mismo sonriente. Y sin saber cómo me encontré con el cañón de una pistola apoyada en mi frente. Me habían jodido la noche. El pistolero se reía. Yo me enfadé. 

—Qué. ¿Vas a disparar? Venga joder, hazlo. Puto cobarde. —Esas fueron las palabras que salieron de mi boca sin pensar en absoluto lo que estaba diciendo. Sé que seguí insistiendo. Creo que quería que me matara. Al pistolero se le congeló la sonrisa de imbécil que tenía. Subió su ventanilla y se marchó. No sé qué vería en mis ojos. Pero debió ser lo mismo que vio Esther al volver mi rostro hacia ella. Me miraba asustada. Y creo que no era porque me hubiesen puesto una pistola en la cabeza. Arrancó el coche y me dejó en la puerta del bar despidiéndose. No recuerdo las palabras que cruzamos. Yo estaba lleno de ira y decepción a partes iguales. 

No volví a verla. Dejó de frecuentar los bares a los que iba y no respondía nunca a mis llamadas de teléfono. Ese fue nuestro final, como una bala en la cabeza.

5 comentarios:

  1. ¡¡¡¡GUAU!!!!! Conozco esa clase de miradas...



    Publicado por Vir para Eduardo Fanegas de la Fuente Blog a las 8 de enero de 2012 17:43

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  2. Eduardo Fanegas de la Fuente11 de junio de 2020, 15:46

    Vir, ¿Conoces esas miradas? ¿Que ves en ellas?



    Publicado por Eduardo Fanegas de la Fuente para Eduardo Fanegas de la Fuente Blog a las 9 de enero de 2012 12:18

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  3. La pregunta es ¿qué no ves en ellas? A la persona que creías conocer.



    Publicado por Vir para Eduardo Fanegas de la Fuente Blog a las 9 de enero de 2012 12:40

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  4. Si la historia es real la chica viò en ti a un hèroe cuando lo que buscaba es todo lo contrario, un antihèroe.
    Si la historia es ficciòn el autor puede darle un final diferente.

    un fuerte saludo

    fus



    Publicado por fus para Eduardo Fanegas de la Fuente Blog a las 12 de enero de 2012 01:06

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  5. Eduardo Fanegas de la Fuente11 de junio de 2020, 15:48

    fus, la historia es real. Gracias por pensar que era un héroe. Yo aún no sé que pensar después de tantos años. Un abrazo



    Publicado por Eduardo Fanegas de la Fuente para Eduardo Fanegas de la Fuente Blog a las 12 de enero de 2012 08:43

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