Historia de un soldado

Odiaba tener que hacer guardias. La noche estaba hecha para dormir, aunque por lo menos podía disfrutar un rato de la soledad y del silencio bajo la luz de las estrellas y la luna.
La espada tintineaba a cada paso que daba en su recorrido por las almenas, le daba la sensación de que rompía la quietud y se le podría escuchar en todo el castillo y el bosque colindante. Entonces se detuvo y levantó la vista hacia la torre del homenaje. Todos dormía y se se veía danzar a las sombras producidas por el fuego del hogar a través de las pequeñas ventanas.
Hacía frío y la imagen invitaba a dejar su puesto y acurrucarse frente al fuego, pero no podía hacerlo, aún quedaban unos minutos para terminar su turno.

Volvió su mirada hacia el exterior, hacia el bosque de Turing, el cuál había sido invadido por los hombres de Cassio, el primo del rey. Buscaba hacerse con el trono y ya no le quedaba más que el método de la fuerza, pero jamás se atrevería a un ataque directo contra aquella fortaleza, sería una batalla perdida.

Se preguntó qué hacía allí, ahora podría estar durmiendo a pierna suelta en su aldea aunque al día siguiente le esperase un duro día en el campo. Pero le convencieron que era mejor estar junto al rey, que la vida de un soldado era mejor, mujeres, dinero fácil y aventuras, eso sí que sonaba bien. Estar al servicio del rey Veler, el justo monarca que necesitaba la península de Headrhin.
Pero él aún no había catado ninguna de aquellas cosas, había ingresado hacía menos de dos semanas al servicio de la guardia del rey y no había puesto un pie aún fuera de aquellas almenas.

Aburrido y disgustado se apoyó en la fría piedra y elevó la vista desde las copas de los árboles al estrellado cielo dejando volar su imaginación.
A los pocos instantes oyó un breve pero intenso zumbido y el crujir de los tejidos. No podía respirar y notó fuerte calor en el cuello, bajó la vista y pudo ver un peñacho con los colores del enemigo al final del astil de una flecha. La flecha que había atravesado su garganta...
Intentó gritar dando la alarma pero lo único que se oyó fue un apagado gorjeo de sangre que le ahogaba poco a poco. Cayó de rodillas y entonces supo que ya no habría ni mujeres, ni oro ni aventuras, comenzaba el asedio y se acababa su vida....

Almenas de la muralla de Ávila
Imagen de kepacastro.blogspot.com.es

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